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Notas de opinion de Julian Obiglio

Es la infraestructura, Néstor

C

uántas veces hablamos sobre lo que el país precisa para desarrollarse? ¿Cuántas veces hemos escuchado al matrimonio presidencial decir exactamente lo contrario a lo que indica el sentido común? ¿Hasta dónde deberemos caer para que algunos gobernantes entiendan cuál es la función del Estado?

Estoy cansado de escuchar hablar de la Argentina como el país de las oportunidades, como el territorio que tiene todo lo que cualquier habitante de este mundo desearía tener. O últimamente, como el país que enseñará al resto del universo civilizado cuál es el “verdadero” camino para el desarrollo.

Lo cierto es que no existen recetas mágicas y casi todo aquello sobre lo que uno puede fantasear ya ha sido probado y analizado por los principales países del mundo. Con lo cual no tenemos que inventar nada nuevo, sino mirar a nuestro alrededor y copiar los aciertos de los países que brindan las mejores condiciones de vida y de comercio a sus ciudadanos.

Uno de los ejes centrales de todo gobierno debe ser el trabajo en la infraestructura que el país y cada una de sus ciudades y pueblos precisan para desarrollar todo su potencial. Ella es el soporte básico y necesario que sirve de base para el funcionamiento de otras actividades.

¿De qué sirve plantar limones si luego no tendré un tren que los cruce a Chile? ¿Cómo es posible que en el siglo XXI la suerte de un productor dependa de viejos camiones y la intensidad de las nevadas?

Cualquier empresa que esté pensando en invertir en determinado territorio del mundo no solo buscará un estado democrático, dónde funcionen las reglas de mercado, se respete de la propiedad privada y la libre circulación de capitales, se brinde seguridad jurídica, o se respeten los contratos dentro de un estado de derecho, sino que también analizará la infraestructura instalada en dicho territorio.

Por ello es una responsabilidad central del Estado crear las condiciones necesarias que permitan e incentiven el comercio y el crecimiento de los mercados. Si el Estado se ocupa de ello generará terreno fértil para el desarrollo de la economía. Si no lo hace, las pocas inversiones que se logren serán semillas sembradas en campo rocoso: nunca darán sus frutos.

Aquellos que piensan que un país podrá crecer sin invertir en el desarrollo de infraestructura tienen una visión sumamente limitada de lo que sucede en el mundo. No entienden que cualquier persona se verá incentivada a invertir su dinero en un negocio, si percibe que los medios para ello se encuentran desarrollados. Sino mantendrá su dinero en el colchón, o lo invertirá en bonos extranjeros.

Para aumentar el bienestar social y la creación de riqueza se precisa que la mayor cantidad posible de personas y empresas decidan gastar su dinero en nuestro país. Para que ello suceda precisamos que nuestro país cuente, entre otras cosas, con una infraestructura que pueda competir con el resto de los países del mundo.

De esta forma, el Estado tiene el deber de desarrollar excelente vías de transporte y conexión. Sean autopistas, carreteras, puentes, trenes de transporte y de pasajeros, canales navegables, y un mercado aerocomercial abierto a la competencia de horarios, frecuencias y precios.

A ello debe sumar la construcción de puertos amplios y modernos que permitan comercializar rápidamente los productos que son generados en el país. La salida al mar es una bendición envidiada por muchos países, que no puede pasar inadvertida para un gobernante civilizado.

Asimismo se debe contar con infraestructuras tecnológicas que permitan comunicaciones rápidas, seguras y baratas. Las líneas telefónicas fijas deben obtenerse en plazos mínimos, los teléfonos celulares deben tener señal intensa y permanente en todo el país, y el servicio de acceso a internet de alta velocidad debe cubrir todo nuestro territorio, con variadas opciones y tecnologías de conexión. Las últimas tecnologías deben ser promovidas e incorporadas en los mismos plazos que el resto de los países avanzados. Tres o cuatro años de atraso hoy implican quedar fuera de juego.

La infraestructura energética, contrariamente a lo que piensa el actual gobierno argentino, debe encontrarse en permanente desarrollo, con adecuadas redes de alta, media y baja tensión. Con reglas adecuadas para la producción, el transporte y la distribución.

Las redes de agua potable, de desague y de reciclaje deben tener un desarrollo extensivo que permita a las personas establecerse en los distintos puntos del país y desenvolver allí sus iniciativas económicas.

Finalmente, todo gobierno que desee lo mejor para su gente no dejará de invertir en transporte público. Este debe ser una prioridad para toda ciudad. Un Estado moderno no puede permitir que sus habitantes sufran horas hacinados en estructuras antiguas y colapsadas. Cada minuto allí perdido implica menor calidad de vida para las personas y menor producción para el país. Asimismo debe entenderse de una vez por todas que el tiempo de los ciudadanos comunes y corrientes es tan valioso como el de sus gobernantes.

En fin, estas son las cuestiones que quisiera ver discutidas en mi país. Cómo hacer para generar las estructuras básicas que nos permitirán mejorar la calidad de vida de muchísimos argentinos que día a día se esfuerzan para crecer y desarrollarse en un ámbito donde las circunstancias y las ideologías gobernantes hacen todo lo posible por evitarlo. Afortunadamente cada día somos más los que queremos trabajar pensando en los próximos veinte o cincuenta años del país, y no en los próximos veinte o cincuenta segundos propios.

El cambio es inevitable. Falta poco.

Octubre de 2008
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Julian Obiglio Fundación Nuevas Generaciones  
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Julian Obiglio